viernes, 13 de agosto de 2010

Mara

Hace más de dos meses que ya no la tengo a mi lado, pero noto su presencia, la veo tumbada en el sofá y siento aun su mirada inteligente y limpia. La recogí de la calle una tarde de septiembre, hace catorce años. La habían dejado en la carretera,  al lado de un contenedor de basura. Sólo tenía dos meses. Parecía un muñeco peludo negro y blanco. Yo había salido a pasear con mi perro, Hugo. A Hugo y a mí se nos hacía extraño el paseo, echábamos de menos a Otto, mi primer perro, que había muerto envenenado. Cuando vimos a Mara (así la llamamos), Hugo y yo nos paramos a su lado y, sin pensarlo, la  cogí en mis brazos, junto a mi corazón y allí se quedó para siempre. 























Cuántos poemas hemos leído sobre la amistad, sobre el amor sincero y la lealtad,  sin saber que esa relación tan utópica  puede ser realidad cuando la vida nos regala la amistad de un perro. Por supuesto, no todo el mundo está capacitado para poder disfrutar de este regalo. Ante todo, estas cualidades que deseamos ver en otros, tienen que formar parte de nosotros mismos. Solo así podemos entender el lenguaje de un animal, solo entonces comprenderemos sus mensaje.

Mara —como tantos otros perros a los que la vida no les ha fustigado— era una criatura limpia, sin rencores ni recelos,  amiga de cualquiera, ya tuviese cuatro patas, o dos piernas. Su mirada demostraba una inteligencia que en escasas ocasiones he podido ver en mis congéneres. Comprendía perfectamente el tono de mi voz, mis gestos. Creo que incluso me conocía mejor que yo. Nunca guardó rencor, siempre fue humilde. Era un hada que, con su varita mágica, regalaba cariño a manos llenas, sembrando sonrisas y alegría. Hacía el bien sin mirar a quién, a diferencia de algunos humanos, que se especializan en hacer el mal sin mirar a cual.














No tengo la menor duda. Cuando reflexiono sobre mi vida, si ha valido la pena haber nacido, pienso en Mara y de repente, se disipan todas las incógnitas. Ella me enseñó que la vida hay que vivirla aquí y ahora. Que no vale la pena pensar en el pasado ni hacer proyectos de futuro. Que cada segundo es irrepetible y hay que aprovecharlo. Que nuestros compañeros de viaje valen por lo que son, no por la apariencia, ni por lo que tienen. Que las cosas materiales son eso, cosas. Que es hermoso descansar a “pata suelta”. Que el amor, como la amistad, nadie nos lo puede robar, porque está en nuestro interior.

Si tú, estimado lector, aun disfrutas de la compañía de tu querido perro, aprovecha cada momento, no escatimes tu cariño. Piensa que, quizá algún día, ya no volverás a verte reflejado en sus ojos, no podrás compartir con él ese trozo de comida que tanto os gusta, no podrás disfrutar con él en el parque. Ya no estará para recibirte con saltos de alegría cuando llegues a casa…














Cuando vi a Mara, la cogí en mis brazos y la dejé al lado de mi corazón. Ahí se quedará para siempre.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.

Buscar este blog