lunes, 2 de agosto de 2010

La puntilla

Lo que pasa es que no tienen ningún sentido del humor. Se nota su tétrica seriedad incluso cuando, para insultar al adversario, recurren a expresiones que consideran divertidas pero que no lo son en absoluto. Su obsesión con la Sagrada Unidad de la Patria se reduce, en la práctica, a la catalanofobia, pues –como aventuré en un apunte anterior– no dudan del hondo españolismo de la gran mayoría de los vascos. Y además el euskera no supone ninguna competencia para el castellano, idioma del Imperio. El problema es Catalunya, no sólo porque habla preferentemente catalán, como es lógico dada su historia, sino porque es razonable y sus separatistas renuncian al terrorismo.

Y ahora, para colmo, ha dado la puntilla en su territorio a la llamada Fiesta Nacional. Las diatribas anticatalanas emitidas estos días por los medios de comunicación de derechas son de antología y rezuman un desprecio nunca visto (hasta por la sardana). Su denominador común: que la iniciativa catalana es ajena a cualquier pretendido respeto a los toros como tales; y producto, sencillamente, del odio que a los nacionalistas les produce España, simbolizada por la lidia. Esperanza Aguirre, citada por ABC, lo ha resumido así: “Estamos ante una medida liberticida y casposa que pretende romper los lazos entre Cataluña y España y que nada tiene que ver con el maltrato animal”.

Pero sí tiene que ver. La corrida de toros es un anacronismo obsceno. Los catalanes, para ser consecuentes, deben abolir ahora los correbous y demás variantes locales del espectáculo. Estemos muy atentos.


Ian Gibson


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