sábado, 3 de julio de 2010

Toro

Tú no quieres ir a la fiesta,
nunca existió tu libertad.
Tu nombre está en el aire,
en el monte te marcaron, pobre de espíritu,
te dibujas sin color.
Irán a lo más íntimo de las potencias de tu alma
hasta dejar ver tu descarnadura.
Estás entumecido en los corales,
los riñones doloridos golpeados con arena.
Purgantes merman tus fuerzas.
Las pezuñas te queman untadas con aguarrás
para que no te pares.
Te pican el morro y te guijonean con cintas de colores.
Un primer hilo de sangre te recorre.
Sales a la plaza con los ojos bañados en vaselina
para impedirte ver bien.
Algodón en las fosas nasales para que respires mal y cansarte.
Preparada tu materia,
te obligarán a cada paso a una danza de la muerte.
No podrás reposar en tu simplicidad.
No estás en el lugar que te corresponde
sino en un límite donde el corazón se va.
Vendrán lanceros a caballo,
te echarás sobre el peto con la fuerza de tu peso.
La puya se te hiende y sientes una horrible escocedura.
En tus carnes diez centímetros de acero
te lesionan una vértebra,
te fallan las patas de atrás.
Te imponen la desmesura,
la sobreabundancia, la fuerza.
Se desgarran tus fibras, se rompen tus venas,
sangre a borbotones que cuaja el sol.
Otro puyazo se impone.

 



Se rasgan tendones y ligamentos en una herida profunda.
Reculas chorreando sangre.
Pronto te clavan banderillas, tres pares,
arpones de acero que pinchan y cortan.
No soportas el dolor.
Las voces quedan trabadas en el vacío de tu cuerpo,
silban, aplauden, escupen.
Tu pecho de ave navega hacia l aruta segura de la muerte.
Bufas y tomas aliento.
Tu carne y tus tejidos cortados por la punta del hierro.
Te llaman toro como la figura que te da nombre.
Eres un signo del vacío en la inmensidad de las aguas.
Se traza una línea vertical en el aire,
la cuerda de acero
que irá al límite mismo de tu corazón.
Cuando estás quieto
un hombre hunde la espada en tus omóplatos.
Pinchazo en la pleura, no hay acierto;
segundo pinchazo en el pulmún, escupes sangre.
caes de rodillas, no agachas la cabeza,
te pinchan el morro,
te dan con un estoque en la nuca
el descabello que te deja sin respirar.
La tierra que recibiste en tu nacimiento, declina.
¿Qué tienes dibujado en tus ojos sin futuro?
¡Acaso pensamientos de tu corazón!
¿Qué germina en tu agonía?
La arena te recibe entre palmas y voces por la fuerza,
te traga irremediablemente.
¿Qué muere en el alma del espectador?
Puede haber signos,  pájaros enigmáticos
pero lo visible es que mueren tus pobres ojos,
para lucro de unos pocos,
imbecilidad de muchos
degradación de todos.
No es hermoso,
no es arte,
es rito estéril burdo y sangriento.



Ana Páramo
Escritora y poeta

España huele a sangre

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