sábado, 10 de julio de 2010

El hombre que aprendió a ladrar

Lo cierto es que fueron años de arduo y pragmático aprendizaje, con lapsos de desaliento en los que estuve a punto de desistir. Pero al final triunfó la perseverancia y Raimundo aprendió a ladrar. No a imitar ladridos, como suelen hacer algunos chistosos o que se creen tales, sino verdaderamente a ladrar. ¿Qué le había impulsado a ese adiestramiento? Ante sus amigos se autoflagelaba con humor: “La verdad es que ladro por no llorar “. Sin embargo, la razón más verdadera era su amor casi franciscano hacia sus hermanos perros. Amor es comunicación. ¿Cómo amar entonces sin comunicarse? 

Para Raimundo representó un día de gloria cuando su ladrido fue finalmente comprendido por Leo, su hermano perro, y (algo más extraordinario aún) él comprendió el ladrido de Leo. A partir de ese día, Raimundo y Leo se tendían, en general por los atardeceres, bajo la glorieta, y dialogaban sobre temas generales. A pesar de su amor por los hermanos perros, Raimundo nunca había imaginado que Leo tuviera una tan sagaz versión del mundo. 
Por fin, una tarde se animó a preguntarle, en varios sobrios ladridos: “Dime, Leo, con toda confianza: ¿qué opinas de mi forma de ladrar?” La respuesta de Leo fue escueta y sincera: “Yo diría que lo haces bien pero tendrás que mejorar. Cuando ladras todavía se te nota el acento humano”. 




Mario Benedetti

Relato del libro “Despistes y franquezas” 
editado por Alfaguara, Madrid 1992

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