sábado, 10 de abril de 2010

La Fiesta Nacional

Dobla sus patas exangüe, 
abate su astada cabeza, 
se derrama en el suelo su sangre, 
se convierte en hálito su fuerza 
y su bramido se vuelve silencio. 
Su mirada, se extravía en la Nada, 
intenta respirar, 
pero el dolor le viene a ahogar 
en un último temblor. 
Tendido sobre la arena 
le va abandonando la vida 
por cada suerte, 
por cada herida, 
llevándose su postrer aliento, 
y va penetrando la muerte, 
poseyendo cada entraña, 
tejiendo cual araña 
una mortaja sobre el negro cuerpo. 
A su lado, 
embriagado de sangre ajena, 
triunfante sobre la arena 
alza sus brazos victorioso, 
exaltado y orgulloso 
por tan sublime faena 
el eterno vencedor; 
aclamado por su proeza 
hará leyenda su valor. 
El muerto, será despedazado 
y acáso su cabeza 
sea el trofeo admirado 
de algún lujoso salón. 
Es la Fiesta Nacional: 
La Parca vestida de luces 
hundiendo con bizarría 
su estoque en el animal, 
arte, arrojo y maestría 
y la bestia cayendo de bruces 
en el instante final. 
El verdugo sale a hombros 
entre aplausos y ovaciones 
haciendo su nombre historia. 
El toro sale arrastrado, 
su cadáver lacerado 
es ajeno a tanta gloria. 
Las aclamaciones para el torero, 
para la víctima el silencio, 
para el astado el cuchillo, 
para el maestro el dinero, 
y la muchedumbre exultante y feliz, 
el ser inferior volvió a doblegar su cerviz 
ante el dueño del acero. 
Oid los motivos de la horda: 
"dicen que no sufre 
en el ardor de la batalla...", 
cuando habla la crueldad 
la razón se calla -. 
"Aseguran que es tradición, 
la lucha en su esencia más pura...", 
el crimen convertido en cultura, 
la brutalidad hecha institución -. 
Y aún se proclaman defensores 
los expertos criadores 
mejorando día a día la raza, 
siniestros cuidados y atenciones, 
ha de estar en perfectas condiciones 
para ser inmolado en la plaza -. 
No les conmueve la pena 
cuando yace sobre la arena 
el toro herido de muerte. 
Sólo una mente aberrante 
puede disfrutar con la tortura. 
Sé que al fin, ha de llegar el día 
en el que no haya muerto ni matador, 
triunfarán entonces la bondad y la ternura 
sobre el culto a la agonía y el dolor. 



Julio Ortega Fraile


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