domingo, 21 de marzo de 2010

¡¡FELIZ PRIMAVERA!!

De qué callada manera

¡De qué callada manera
se me adentra usted sonriendo
como si fuera
la primavera!
(Yo, muriendo)

Y de qué modo sutil
me derramó en la camisa
todas las flores de abril.

¿Quién le dijo que yo era
risa siempre, nunca llanto,
como si fuera
la primavera?
(No soy tanto)

En cambio, ¡qué espiritual
que usted me brinde una rosa
de su rosal principal!

¡De qué callada manera
se me adentra usted sonriendo
como si fuera
la primavera!
(Yo, muriendo)



Nicolás Guillén - Pablo Milanés


Vídeos. Pablo Milanés:
http://www.youtube.com/watch?v=rADCCthjGmg

http://www.youtube.com/watch?v=M_Ul94zgOXU


calas



En una primavera


Dónde estará el amigo que me dijo,
Acariciando su nevada barba:
-         Pequeña de ojos claros, ten cuidado,
Tu corazón ampara.


-         Las primaveras al marcharse dejan
Las lloviznas de otoño preparadas…
Pequeña, ve despacio, mucho juicio,
No te quemen tus llamas.


Estaba yo a sus pies humildemente,
Humildemente y  toda yo temblaba.
-         ¡Cómo cantan los pájaros, le dije,
Cómo es de fresca el agua!


Sobre mi frente, espejo de tormentas,
Se detuvieron sus dos manos mansas;
Se inclinó sobre mí con un susurro:
-         Pobrecita muchacha….


Alfonsina Storni

rosa

jueves, 18 de marzo de 2010

¡ BASTA !

"Ejpaña está enferma, por acción y por omisión, por activo y por pasivo, por asesinato y por silencio cómplice. Y sucede lo mismo con las corridas de toros, donde la amante asesina a la figura amada”.

 





“Y desde el infierno, desde este infierno, ganaremos la luz”
León-Felipe
¡ BASTA !
Hace unos días tuve la oportunidad de asistir a algunas de las comparecencias que en el Parlament de Catalunya se llevaron a cabo con motivo de la Iniciativa Legislativa Popular iniciada por la Plataforma Prou, con la finalidad de prohibir y seguramente abolir las matanzas de toros en el territorio catalán. Los argumentos de unas y otras ponentes fueron diversos y algunos ciertamente encomiables, según mi punto de vista, quizás un poco cojos en algunas de nuestras participantes y bastante manidas y poco consistentes por las del bando de la no prohibición, eso seguro.
No disimulo que estaba tremendamente interesada en escuchar a las taurófobas, quería saber cómo piensan, qué les ronda el cacumen, y de qué modo “la estupidez piensa” -citando a Cocteau-, con la misma saludable intención que tuve años ha leyendo “Mein Kampf” o “El Príncipe”, o me meto en alguna página taurófoba para echarme a llorar del nivel intelectual del pueblo llano en pleno siglo XXI, reafirmándome así de que la liberación animal es el más directo camino hacia la nuestra. Sin embargo durante las ponencias me surgieron montones de nuevas preguntas y perspectivas, preguntas del tipo de si prohibir es legítimo, por ejemplo. Las detractoras parlamentarias de la prohibición por ese camino de la libertad debieran dejarse de demagogia y recordar que en el Parlament, al igual que en cualquier órgano de poder, prohibir y permitir son asuntos rutinarios y mensuales si no semanales; lo que sucede es que cuando alguien nos prohíbe algo que nos gusta o nos conviene ( no olvidemos que las representantes de los partidos políticos sirven a sus votantes porque son ellas quienes suman números a su cuenta corriente ), entonces echamos mano de cualquier objeto contundente que tengamos a mano para defendernos, bien sean armas blancas o batidoras de tres velocidades, y como es una guerra vale todo.
Servidora de nadie no estuvo en Treblinka en el año 1943, sin embargo delezno lo que allí sucedía, no estuve en Vietnam durante la invasión yanqui, ni he estado en la Maestranza de Sevilla en los días que el ruedo arde de unidad nacional, ni en las calles de Barcelona años 20 cuando las carreteras que trabajaban en los mercados molían a golpes a “sus bestias de tiro” cuando no rendían, ni he estado en las minas de carbón belgas de hace cien años cuando arrancaban a los caballos los ojos antes de bajarlos al lugar donde trabajarían toda la vida hasta que reventaran. No, no he estado en los mercados chinos de gatos desollados, ni he estado en los campos castellanos donde a los galgos cazadores que no cazan se les deja “escribiendo a máquina”, es decir con un alambre alrededor del cuello atado a un árbol y con las patas de delante apenas tocando el suelo, con la intención de que se ahorquen lentamente por agotamiento. 



No he estado en el patio trasero donde aquel repugnante hijodeputa partió en dos a un gato con una catana, lo grabó en un teléfono móvil y lo distribuyó a sus amigas. No he estado en los autos de fe de Torquemada, ni en la sala de laboratorio afiliada a la Bayer donde un perro expira con la médula espinal expuesta para testar algún rentable ansiolítico, no he estado jamás ni siquiera en las granjas chinas de bilis de oso luna, donde los hígados de estos plantígrados son “ordeñados”, cautivos en diminutas jaulas. No he estado en casa de aquel tipo que destruyó psicológicamente a la mujer que vivía durante años con él hasta que ella desesperada se arrojó por el balcón con su hija, ni he estado en la Roma donde cada año se inmolaba un perro rojo al dios Robigo para que la cosecha de trigo fuera buena, ni he estado en las arenas mexicanas donde dos canes se despedazan para satisfacer los bolsillos a ex-personas que luego acabarán sin duda con la garganta rajada tiradas en cualquier basural por motivo de alguna rencilla derivada de la trata de blancas o de narcóticos ilegales. No he estado en muchos de los lugares del mundo y de la historia donde el horror se ha manifestado por mano humana, consciente y libre, muchas de esas veces popular y democráticamente, ni necesito pertenecer a ninguna cultura que me pretenda convencer de que la mujer sin clítoris es más mujer o que el hombre con automóvil es más hombre. Ciertas curiosidades culturales, incluso siendo repugnantes ( por ejemplo las crucifixiones voluntarias en Filipinas ), puedo comprenderlas sin aceptarlas, otras, simplemente no, porque precisamente es la voluntariedad o no voluntariedad del ser vivo sufriente quien determina lo ético del asunto. Y podéis imaginaros que en las corridas de toros ni el astado ni los caballos están de acuerdo con su papel.
Las corridas de toros provienen del embrionario Renacimiento Europeo, donde a las gentes se les pudrían los dientes de no cepillárselos, y la nobleza hedía por el cuerpo y por los intestinos, donde el pueblo llano vapuleaba a sus hijas y se ejecutaba a las ladronas y colgaban de los pies a las puertas de la ciudad. Las corridas de toros provienen de una época donde las mujeres eran consideradas sacos analfabetos y se despellejaban vivos a los animales “de consumo” porque así se desprendía mejor la piel. Las corridas de toros provienen del rancio abolengo de una cultura que trepanaba vivos perros, gatos, cerdos y todo tipo de bichos para ver cómo latía su corazón en lecciones magistrales de doctoras -los albores de la vivisección-, mientras sus aullidos retumban todavía en los muros de las universidades actuales. Las corridas de toros provienen de una época en que era una alegría un niño nacido en una casa, pero un a carga si nacía niña, y donde hermosísimas muchachas pagaban su disidencia social con acusaciones de brujería y quemas públicas. Las corridas de toros tienen un origen militar, como el agente naranja, el napalm, la bomba atómica, las bombas de racimo, las minas antipersona, las mutilaciones y las torturas, las deformaciones genéticas por uranio enriquecido o las epidermis abrasadas por proyectiles de fósforo blanco. Las corridas de toros proceden de unas horribles épocas que conviene ir superando para no asfixiarnos con nuestros propios vómitos, para que respiremos aire un poco más puro. Abolirlas debería formar parte natural de nuestro avance. De nuestro avance hacia delante, quiero decir.
Pero vivimos tiempo donde se trata de institucionalizar la barbarie, y ahora más que nunca a la víctima le toca comprender a la verduga. Durante las ponencias en el Parlament se habló del amor de la ganadera y la taurófoba por el toro, un amor enfermo porque no se daña lo que se ama, NUNCA. Aunque la Ejpaña angosta siga no comprendiendo esta sencilla ecuación, enumerando una a una el centenar de mujeres muertas por violencia de género en el territorio peninsular y sabiéndose que existen cuatrocientos mil varones que inflingen violencia física o psicológica a sus compañeras o ex-compañeras cada año, con estos números ¿ todavía podemos hablar de un “carácter nacional sano”?. Ejpaña está enferma, por acción y por omisión, por activo y por pasivo, por asesinato y por silencio cómplice. Y sucede lo mismo con las corridas de toros, donde la amante asesina a la figura amada. La sangre exasperada que caracteriza la hispanidad encuentra su claro exponente en los linchamientos públicos, y ahí se universaliza y exporta, por ello se hallaba un placer morboso en las ejecuciones, en las peleas de animales ( humanos y no humanos ), en las guerras y las matanzas, la violencia primitiva expulsando su bilis toma formas diversas, y ahora pretende tomar la forma de decreto ley.
Se habló también de ejercicios de memoria y de olvido, de ecología (de 6,5 millones de hectáreas de dehesa en Ejpaña sólo 600.000 son dedicadas a la cría de toros, ni siquiera un 10 por ciento…), de los tres dolores que padecemos los mamíferos ( el neurológico, el psicológico y el fisiológico ), se habló de los gritos del toro que no eran sino las llamadas de auxilio que todos los animales sociales tenemos. Lo cual presentó un tema importante, al menos en lo que yo pude presenciar: el de la identidad popular, el rito, el rasgo, el carácter, la fiesta… que no es otra cosa que una nueva demagogia, porque en las corridas de toros, como en la matanza del cerdo, un partido de futbol, un concierto de música o una misa son actos de masas donde la natural tendencia grupal a hacer algo en común se ve degenerada sin embargo por el victimario. El calor de la tribu nos pertenece desde el principio de nuestros orígenes, es en eso donde debemos concentrarnos, no en los aditivos que -dicen- la hacen posible. Matar un cerdo no es hermoso, es repugnante, zafio y obsoleto, lo agradable del momento sin duda son las canciones tarareadas, las risas, los tragos de vino, la complicidad de la riqueza común, el gesto solidario… eso sí vale la pena mantenerlo, pero buscando otros métodos donde no pierdan siempre los mismos. Igualmente sucede con las corridas de toros, donde la gente que ama la parafernalia y el escenario aprenda a mantenerlos sin necesidad de ejecutar y torturar a un ser vivo sensitivo, porque entonces, si necesitan matar y torturar a un ser vivo sensitivo, los últimos cuatro mil años de ética no han servido para nada. Y la voluntad individual del derecho a las corridas de toros coarta y anula la voluntad individual de que ello no suceda, ya no por preferencias propias sino por ética, por empatía hacia otro ser vivo. ¿ La libertad de una empieza donde acaba la de las demás ?, eso es mentira, bastaría sólo saber aprender a vivir sin parasitar de las demás.
Aunque si hablamos de lo colectivo hay irremediablemente que hacer concesiones. Los derechos y deberes colectivos priman sobre los derechos y deberes individuales, pero hasta cierto punto porque la frase así en crudo apesta a totalitarismo. Hay que sopesar cada unidad, cada caso, y no establecer patrones absolutos. Los derechos y los deberes se enfocan desde la libertad pero también se basan en premisas esenciales de armonía social.
El paradigma de la situación podría ser este: imaginemos un escenario tremebundo: imaginemos que en pleno Paseo de la Castellana madrileña, en un hipotético estado español donde fuera legal la Pena Capital, se decidiera ejecutar públicamente a diez miembros de la organización ETA. Es un escenario insisto tremendo, pero imaginemos que pudiera suceder, y no es tan teórico dado que he escuchado muchas veces sentencias y escenarios de ese tipo en la gente de la calle, sentencias generadas mayormente por la deficiencia mental de los medios informativos, pues si tuviéramos que ejecutar a todas las personas terroristas del territorio peninsular se iban a quedar vacíos cuarteles, comisarías, despachos de corporaciones, congresos parlamentarios… Bueno pues siguiendo en ese escenario con cadalso sito en plena gran avenida, puedo garantizarles a ustedes que millones de personas irían a ver el espectáculo en vivo, y la prácticamente totalidad de la población española y sin duda extranjera presenciaría por televisión el hecho. Demostrando que la popularidad del castigo no justifica de ningún modo ni el ánimo, ni la intención ni la raigambre de la naturaleza del acto. Lo que está mal está mal, lo quiera una persona dictadora que trate la vida como algo sin valor o los decidan cien millones de dictadoras.
Y si hablamos del alma española, no nos engañemos: huele a coágulo y a grasa frita, como muchas otras culturas, y eso no forma de la naturaleza humana sino de la pésima educación. Hemos sido víctimas de una educación especista injusta y caótica, es horas de que las víctimas protestemos.
Aún quedan comparecencias en el Parlament, aún se debatirán muchos puntos, y aunque el voto de ciertos partidos ya esté tomado sin tener en consideración la autonomía de las parlamentarias, sino la disciplina de partido, todavía estamos a la expectativa de si las políticas de Catalunya serán lo suficientemente valientes como para enfrentarse a la imagen que de sí perciben ante el espejo, y se mirarán como quien salva o como quien condena, como quien admite que queda mucho camino que recorrer en cuanto a ética o como quien ya lo sabe todo. Estamos aguardándolas, señoras. El mundo las contempla.

Xavier Bayle 

viernes, 12 de marzo de 2010

Españoles: incivilizados, sangrientos o rudos

“Si los españoles aparecemos ante ojos ajenos como incivilizados , o sangrientos, o rudos, no es por el hecho de la fiesta: es por la simple razón de que lo somos”. Antonio Gala


En el libro Charlas con Troylo de Antonio Gala, hay un capítulo que lleva por título:
“Vergüenza nacional” en el que reflexiona sobre las corridas de toros. Este libro se publicó en 1981 y, cualquiera estará de acuerdo conmigo en que todos, (incluído el señor Antonio Gala) no sólo tenemos el derecho sino el deber /obligación de cambiar para mejorar. Pobre de aquel que haya parado su reloj en algún momento de su vida y haya dejado estancada su mente y su personalidad cuando tenía veinte, treinta, cuarenta años…. Uno tiene la necesidad de aprender hasta el último momento de su existencia, tanto como el alimento o como el agua, para seguir vivo, para seguir creciendo. Si pararamos nuestro reloj porque sí, por vagancia o apatía, seríamos muertos vivientes, momias sin vida o retrasados mentales.


tiempo



En el prólogo del libro, escrito por Andrés Amorós, recuerda unas frases del escritor cordobés: “No sabemos con certeza qué es la eternidad, ni siquiera qué es el amor, ni qué es la convivencia. Sólo sabemos qué es lo que nos emociona. Lo que nos emociona hoy, porque ignoramos si seguirá emocionándonos del mismo modo mañana y con igual vehemencia”. Por suerte todos tenemos la capacidad de cambiar, incluso los que en un tiempo disfrutaron con una corrida de toros, han abierto los ojos y el corazón ante el dolor de un animal, un mamífero con la misma capacidad de sufrir que cualquiera de nosotros, y han cambiado su “emoción” ante la tortura de tal manera que su mañana de ayer, su hoy, se ha convertido en compasión hacia esta víctima propiciatoria.

En el capítulo “Vergüenza nacional” , mencionado anteriormente, Gala charla con su perro Troylo: “¿Por qué no contestamos , Troylo, tranquilizando a quienes se sonrojan del mundo de los toros? Si los españoles aparecemos ante ojos ajenos como incivilizados , o sangrientos, o rudos, no es por el hecho de la fiesta: es por la simple razón de que lo somos”…Porque es posible - ¿verdad , Troylo?- que para el toro de lidia , ancestral y mítico, sea su muerte menos incomprensible que para nosotros, cuidados y engordados para ser abatidos por una muerte sorda, sin nombre, indiferente y silenciosa. Más cruel , Troylo, cuanto más sorda e indiferente”.


Esperemos que como el escritor cordobés, otros habran sus ojos al sufrimiento injustificable, amparado con el único argumento de la tradición.
Recuerdo las palabras emotivas de un antiguo aficionado a las corridas: “
"He sido un defensor a ultranza de la plasticidad y "arte" de la tauromaquia. Pero estaba equivocado. Un dia, Lunes del pasado año, para más señas, me desperté y vi un escrito de alguien en un periódico, el día anterior Domingo yo había asistido a una corrida en Tarragona. No me preguntes cómo ,pero una vez acabada la lectura de aquellas cuatro líneas de una persona, que no era un reconocido escritor, ni mucho menos, me quedé recapacitando y pensando que tal vez tuviera razón, quién había escrito aquello contra los aficionados al toreo.
La fuerza de cuatro líneas de un crítico de la calle me convencieron. No necesité máximas o citas de autores famosos, si no una persona igual a mí, que se limitaba a dar su opinión en famoso diario.
Había vivido equivocado desde los12 años hasta los 59 del pasado año..
No hace falta nombrar a grandes Literatos de otros tiempos, si no pararte a escuchar la voz, muy delicada, muy débil, la voz de tu propio corazón".


Para terminar con otra cita de Antonio Gala en “Pasado y futuro” de Carta a los herederos, escrito en 1995:
“ Por eso, hay que mirar por encima de los enanos de ayer y recibir a voces el mañana, que será el día triunfal si desde hoy lo planeáis.
Pero no es posible vivir en el mañana con el alma de ayer. 
El mañana ha de escribirse con rectitud y generosidad, sin rastros vetustos que lo impurifiquen. Y no hay que tenerle miedo. Quien se lo tenga y prefiera seguir atado al PRETÉRITO, que se quede en tierra
. Los demás, libre y ligeros de equipaje “como los hijos de la mar”, a embarcar y a embarcarse. A corazón abierto. A cuerpo limpio. Avanzando hacia vuestra mejor propiedad que es el futuro, para abrazaros con él a mitad del camino”


Yolanda Plaza Ruiz


Aconsejo leer
El bufé en el jardín de Antonio Gala
en este enlace:




La España negra y la tauromaquia

JESÚS MOSTERÍN,
profesor de Investigación en el Instituto de Filosofía del CSIC.

EL PAÍS.com -  Opinión - 11-03-2010

La inmensa mayoría de la gente opina que la tortura pública de los toros es una salvajada injustificable
La única moraleja es metodológica. La tradición no justifica nada
Aquí no tomamos el adjetivo negro en su sentido cromático habitual (y mucho menos en sentido racial alguno), sino en el significado peyorativo de siniestro con que hablamos de la novela negra o de un negro porvenir y que los autores regeneracionistas usaban para referirse a la España negra como el compendio de nuestras más tenebrosas tradiciones.
De la palabra latina mores (costumbres) procede nuestro término moral. El conjunto de las costumbres y normas de un grupo o una tribu constituye su moral. Cosa muy distinta es la ética, que es el análisis filosófico y racional de las morales. Mientras la moral puede ser provinciana, la ética siempre es universal. Desde un punto de vista ético, lo importante es determinar si una norma es justificable racionalmente o no; su procedencia tribal, nacional o religiosa es irrelevante. La justificación ética de una norma requiere la argumentación en función de principios generales formales, como la consistencia o la universalidad, o materiales, como la evitación del dolor innecesario. Desde luego, lo que no justifica éticamente nada es que algo sea tradicional. 






Algunos parecen incapaces de quitarse sus orejeras tribales a la hora de considerar el final del maltrato público de los toros. No les importa la lógica ni la ética, el sufrimiento ni la crueldad, sino sólo el origen de la costumbre. La crueldad procedente de la propia tribu sería aceptable, pero no la ajena. En cualquier caso, y contra lo que algunos suponen, ni las corridas de toros son específicamente españolas ni los correbous (o encierros) son específicamente catalanes. De hecho, ambas salvajadas se practicaban en otros países de Europa, como Inglaterra, antes de que la Ilustración condujera a su abolición a principios del siglo XIX. 

Siempre resulta sospechoso que una práctica aborrecida en casi todo el mundo sea defendida en unos pocos países con el único argumento de ser tradicional en ellos. Aparte de España, las corridas se mantienen sobre todo en México y Colombia, dos de los países más violentos del mundo. Otros países más suaves de Latinoamérica, como Chile, Argentina o Brasil, hace tiempo que las abolieron. Las normas más respetables suelen ser universales. Todo el mundo está de acuerdo en que no se debe matar al vecino, ni mutilar a la vecina, ni quemar el bosque, ni asaltar al viajero. Por desgracia, en muchos sitios hay costumbres locales crueles, sangrientas e injustificables, aunque no por ello menos tradicionales. De hecho, todas las salvajadas son tradicionales allí donde se practican. 

Los que escribimos y polemizamos contra la práctica abominable de la ablación del clítoris de las adolescentes en variospaíses africanos recibimos con frecuencia la réplica de que nuestra crítica es inadecuada e incluso colonialista, pues no tiene en cuenta que se trata de prácticas tradicionales de esos pueblos y que las tradiciones no se pueden criticar. 

Obviamente, las corridas de toros no tienen nada que ver con la ablación del clítoris, ni son comparables con ella; sin embargo, los defensores de ambas prácticas usan de modo similar el argumento de la tradición para justificarlas. La única moraleja es metodológica: la tradición no justifica nada. 






Los españoles no tenemos un gen de la crueldad del que carezcan los ingleses; la diferencia es cultural. En España siguen celebrándose encierros y corridas de toros, pero no en Inglaterra (donde hace dos siglos eran frecuentes), pues los ingleses pasaron por el proceso de racionalizació n de las ideas y suavización de las costumbres conocido como la Ilustración. 

Aquí apenas hubo Ilustración ni pensamiento científico, ético y político modernos. Muchos de nuestros actuales déficits culturales proceden de esa carencia. 

A los enemigos de los toros, es decir, a los defensores de las corridas, una vez gastados los cartuchos mojados de las excusas analfabetas, como que el toro no sufre, sólo les quedan dos argumentos: que las corridas son tradicionales y que su abolición atentaría contra la libertad. 

Ya hemos visto que la tradición no es justificación de nada. La tortura pública y atroz de animales inocentes (y además rumiantes, los más miedosos, huidizos y pacíficos de todos) es una salvajada injustificable, y como tal es tenida por la inmensa mayoría de la gente y de los filósofos, científicos, veterinarios y juristas de todo el mundo. 

Cuando, en el Parlamento de Cataluña, Jorge Wagensberg mostraba uno a uno los instrumentos de tortura de la tauromaquia, desde la divisa hasta el estoque, pasando por la garrocha del picador y las banderillas, y preguntaba: "¿Cree usted que esto no duele?", un escalofrío recorría el espinazo de los asistentes. 






Queda el argumento de la libertad, basado en la incomprensión del concepto y en la ausencia de cultura liberal. La libertad que han propugnado los pensadores liberales es la de las transacciones voluntarias entre seres humanos adultos: dos humanos adultos pueden interaccionar entre ellos como quieran, mientras la interacción sea voluntaria por ambas partes y no agredan a terceros. Ni la Iglesia ni el Estado ni ninguna otra instancia pueden interferir en dichas transacciones voluntarias. 

Ningún liberal ha defendido un presunto derecho a maltratar y torturar a criaturas indefensas. De hecho, los países que más han contribuido a desarrollar la idea de la libertad, como Inglaterra, han sido los primeros que han abolido los encierros y las corridas de toros. Curiosamente, y es un síntoma de nuestro atraso, la misma discusión que estamos teniendo ahora en España y sobre todo en Cataluña ya se tuvo en Gran Bretaña hace 200 años. Los padres del liberalismo tomaron partido inequívoco contra la crueldad. Ya entonces, frente al burdo sofisma de que, puesto que los caballos o los toros no hablan ni piensan en términos abstractos se los puede torturar impunemente, el gran jurista y filósofo liberal Jeremy Bentham señalaba que la pregunta éticamente relevante no es si pueden hablar o pensar, sino si pueden sufrir. 




En vez de crear el partido liberal moderno del que carecemos y de formular una política económica alternativa a la del Gobierno, los dirigentes del Partido Popular se ponen a correr hacia atrás, se enfundan la montera y el capote, pontifican que el mal cultural de las corridas de toros es un bien cultural e invocan las esencias de la España negra para tratar de arañar un par de votos, sin darse cuenta de que a la larga pueden perder muchos más con semejante actitud. 

Esperanza Aguirre cita a Goya en primer lugar de sus referencias culturales favorables a la tauromaquia. Lo mismo podría haber acusado a Goya de estar a favor de los fusilamientos, pues también los pintaba. 

No le vendría mal repasar los grabados de Goya sobre la tauromaquia para encontrar la más demoledora de las críticas a esa práctica. Las series negras de los disparates, los desastres de la guerra y la tauromaquia nos presentan el más crítico y descarnado retrato de la España negra, un mundo sórdido, oscuro e irracional de violencia y crueldad, habitado por chulos, toreros, verdugos, borrachos e inquisidores. 

Goya se fue acercando a las posiciones de los ilustrados, como Jovellanos, partidarios de la abolición de los espectáculos taurinos. Y si acabó exiliándose a Francia y viviendo en Burdeos fue por su incompatibilidad con el régimen absolutista ("¡vivan las cadenas!") de Fernando VII, enemigo de la inteligencia, restaurador de la censura y la Inquisición, creador de las escuelas taurinas y gran promotor de las corridas de toros.
 


lunes, 8 de marzo de 2010

La tortura, como patrimonio cultural de las españas

Para más INRI, los toros nos cuestan a los españoles mucho dinero al año, aunque la fiesta nos importe tres pelotas y un rabo... la cría del toro se subvenciona con el 0’12% de los presupuestos...

(Dedicado a Esperanza AguirreLa Cólera de Dios






          Vaya por delante la confesión: el aburrido espectáculo que resultan la mayor parte de las corridas de toros, no me ha impresionado nunca, excepto por el dato que significa la inquina monumental que despierta entre la afición, las figuras del presidente, el banderillero, el picador, el diestro, el siniestro, el ganadero (que suele dar buey por toro) y la autoridad competente que ha autorizado esa juerga sanguinolenta, porque ni aquella, ni el clima, lo han podido impedir.   
          Tal vez lo más aproximado, para aquella persona que jamás ha acudido a una plaza, sea decir que un concierto de Juanes en Bogotá, Ramoncín en Burgos,  Alejandro Sanzen Miami o Chiquilicuatre en Soria, podrían estar a la altura de la llamada fiesta nacional. Todo el mundo saldrá protestando, no ya por lo que ha pagado, sino por la sencilla razón de que, según cuentan las crónicas de algunos espectadores (las de la prensa se lo callan todo), o inocentes fans que suspiran por una mirada del ídolo, el disgusto llega cuando se aperciben de que les han robado los donuts, la cartera o el bolso en un momento de éxtasis(o porque se lo tomaron antes del espectáculo), o porque en la arena (escenario) lo que aconteció no estaba a la altura de lo esperado, o porque se mató a los bichos en diez minutos (cantaron menos de lo pactado), o llovía y no les devolvieron la pasta, en fin, cualquiera de las barrabasadas que suelen ocurrir en esta clase de cachupinadas, donde la hipnosis colectiva priva al espectador de una mínima serenidad para decir, alto y claro: “Basta yaEsto es peor que la tortura china”  
          Lo curioso es que entre ellos mismos, aficionados y organizadores, se amen tanto que quieran matarse a golpes, o a tiros si tuvieran a mano sendas pistolas, cuando las cosas no son como se deseaba. Y lo afirmo, porque lo he visto en las contadas ocasiones en que se me invitó a una corrida. Recuerdo una especialmente dantesca, en las Ventas madrileñas, donde debían demostrar su cultura y sabiduría torera, dos reyes del capote y un faraón de la muleta, como eran Antonio Chenel “Antoñete”, Rafael de Paula y Curro Romero. Jamás ví unos rostros tan pálidos como los de aquellos ciudadanos, jamás presencié una revuelta del público tan cruel, gritándoles de todo menos bonito, jamás una carnicería tan alucinante, mientras sonriendo a lo Maquiavelo, el aficionado Joaquín Sabinaaseguraba: “La media verónica de Chenel ha valido por toda la tarde”. Yo pensaba qué hubiera dicho el juglar de Úbeda si la tal Verónica hubiera sido entera. No; aquello fue todo, menos un recital de arte.  
          Sin embargo, confieso que quedé gratamente impresionado por lo excitante del momento, por el número de almohadillas que cayeron a la arena, los insultos, los gritos, y la salida a los medios de un anónimo espectador que, con toda la cultura torera encima, le propinó un hostiazo en plena cara al de Camas, mientras sostenía entre los dientes su carné de identidad animal. Yo no dudaba que aquel repentino ataque de odio había sido fruto del amor, como los denuestos de aquellos miles de curiosos, aficionados honestos, turistas y avispados proletarios que se cuelan porque no hay Dios que pague 100 euros por un asiento en la barrera (y lo pongo barato), cuando aquello no resultó lo esperado. Un amor equivocado, como el de la plaga de la violencia doméstica, en la que uno de los cónyuges (por desgracia siempre el macho), asesina a lo que dice amar por encima de su propia existencia, dado que ella no ha sabido cumplir con lo que él siempre había soñado.   


          En las corridas de toros, como no hay árbitro, sino un señor que tiene un pañuelo y al que siempre insultan (debe ser porque está sucio), la víctima es siempre un noble animal que no ha hecho nada para merecer ese castigo. Y los artistas, o sea, quienes le colman de mimos con banderillas, puyazos y estocadas, quienes le hunden el verduguillo, son el matador y sus currantes, pero la sutil diferencia es que, mientras los últimos perciben un salario discreto, el diestro cobra por una sola tarde, si se trata de una primera figura, el equivalente a 40 millones de las antiguas pesetas, o sea, para que un europeo me entienda, unos 240.000 euros. Qué bárbaro, menos de lo que cobra al año como retiro el Padre del CanonTeddy Bautista…  
          Para más INRI, los toros nos cuestan a los españoles mucho dinero al año, aunque la fiesta nos importe tres pelotas y un rabo, porque ignoro si los lectores se hallan al tanto de que la cría del toro se subvenciona con el 0’12% de los presupuestos generales del estado, que en este año 2010 ascienden a casi 351 mil millones de euros. No hay que se un genio matemático para asegurarme de que ese aparentemente pequeño porcentaje, viene a ser poco más de 42 millones, lo que significa en la práctica que todos los habitantes de eso que se llama España, ponemos un euro de nuestro bolsillo, porque le da la real gana al gobierno de turno. Y que conste: esa una aportación ha de entregarse sin rechistar, no sea que si nos ponemos a debatir la utilidad de ese aburridísimo y sanguinolento espectáculo, bien pudiéramos salir lesionados por algunos histéricos aficionados, que impelidos por un místico anhelo cultural desearían clavarnos el estoque en lo más alto, dado que según su particular idiosincrasia, quienes estamos en contra del maltrato a cualquier bicho viviente, incluido Aznar, somos unos iconoclastas del carajo
          Esta forma de maltrato animal, digan lo que digan quienes niegan el padecimiento del toro en su paso por el calabozo de la arena, contiene tal dosis de salvajismo, de violencia gratuita, que estoy convencido de que si mañana se pudiese procesar a los miembros de las Fuerzas de Seguridad del Estado, que han sido acusados de practicar otro tipo de crueldad, denunciada varias ocasiones en las Naciones Unidas por diferentes relatores contra la tortura (Rubalcaba lo niega, mirando al tendido con sus verduguillos, que sonríen a su vera), y la jueza del caso fuera una profesional, tan brava,  tan de anciana casta, tan española y olé, como Ángela Murillo,  podría dirigirse a los presuntos sospechosos con una pregunta algo pizpireta:  
·  ¿A ustedes les gustan los toros?
Estoy más que convencido de que la respuesta en un 99% de los casos sería:  
          - Sí, señoría. Nos encantan. 
Y la magistrada, con sonrisa a lo Carmen de España y no la de Merimée, o sea, a loCarmen Polo de Franco, se levantaría de su poltrona y daría por zanjado el asunto con un: 
          -  Y a mí, también. Olé, mis niños. Se levanta la sesión. Todos al bar, a brindar con el vino de Otegui, digo de Asunción. Es que a veces se me va la olla… 
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          Por eso, tal vez, no es descabellado comprender que la Presidenta de la Comunidad de Madrid, Doña Esperanza Aguirre, para desesperación de los demócratas, quiera blindarla tortura taurina, colocando al espectáculo entre los tesoros culturales de las Españas. La otra ya se blinda en los ministerios correspondientes, apoyados por la complicidad en prensa, radio y TV de casi todas las comunidades y naciones del estado, excepto en una ocasión la cadena pública catalana, que tuvo el detalle honroso de emitir una entrevista conMartxelo Otamendi (director del ilícitamente clausurado periódico Egunkaria), asunto que ni mentaron de pasada cómicos como Buenafuente, o el Gran Wyoming, ya que en sus respectivos espacios no se acostumbra a ironizar sobre ese tipo de temas, a menos que Willy Toledo diga otra verdad como un templo, en cuyo caso ambos se rasgarán las vestiduras en público, que es cuando quedan con el culo al aire. 
          Sólo un espécimen como Esperanza Aguirre, jaleada por los dueños de las ganaderías del PP y el PSOE, se niega al debate público y parlamentario sobre tan sangrienta tradición, aunque Picasso, Hemingway, Goya o Lorca,  hayan dedicado inolvidables páginas de su vida artística a tan discutible herencia.  
          Lo curioso e inadmisible, es que Esperanza no haya destacado jamás la ideología comunista del creador del Gernika, ni la admiración del autor de Por quién doblan las campanas por Fidel Castro, ni la voluntaria huída a Francia del responsable de La Maja desnuda, o el asesinato a manos de los franquistas de quien escribió Yerma. Ese tipo de datos, al parecer, nunca fueron importantes. Para ella, tales genios sólo lo fueron, porque nunca mostraron su disgusto ante una corrida de toros.   
          Y añado yo: ni buena parte de los hoy silentes intelectuales y artistas españoles, ante la Ley de partidos, la censura, el cierre de periódicos, el secuestro de libros, los malos tratos, las muertes y suicidios en la prisiones, las masacres en Yugoslavia, Irak, Afganistán, Palestina, Níger, ¿quiere que siga?... Sí, mejor lo dejamos ahí.  
  
 



http://www.kaosenlared.net/noticia/tortura-como-patrimonio-cultural-espanas

jueves, 4 de marzo de 2010

Las corridas de toros a través de la mirada de un niño

Dicen que “quien no comprende una mirada tampoco comprenderá una larga explicación”, esta verdad resulta evidente cuando se intenta razonar sobre  el sufrimiento al que es sometido un animal por puro placer, por costumbre o tradición en los festejos populares.


Durante estos días está teniendo lugar en el Parlamento catalán, el debate sobre la prohibición de las corridas de toros. Entre los participantes ha estado el etólogo Jordi Casamitjana, experto en comportamiento animal que ,entre otras cosas , dijo:  “los gestos, la boca abierta,  los ojos cerrados, la expresión facial , indican un sufrimiento fisiológico y cansancio” y   describió las señales evidentes que demuestran que “el toro sufre tanto psicológicamente como físicamente” durante la corrida. No hay que ser un especialista para reconocer el padecimiento de cualquier animal ante la tortura. Cualquier niño puede distinguir entre la alegría y el dolor, la angustia y la felicidad de cualquier individuo, sea un perro,un toro o un humano.


Beatriz  (una niña que vive en el exilio con su madre) es una de las protagonistas de  Primavera con una esquina rota” de Mario Benedetti. En uno de los relatos,  Beatriz  (La amnistía), describe la reacción de esta criatura ante la visión de una corrida: “También el otro día vi por la tele una corrida de toros que es como un estadio donde un señor juega con una mantel colorado y un toro que se hace el furioso pero es buenísimo.. entonces fue el hombre quien se puso furioso y como era muy necio le clavó aquí en la nuca una espada larguísima y el toro que ya estaba a punto de pedir la amnistía miró al señor con unos ojos muy pero muy tristes y después se desmayó en mitad de la cancha …y a mí me dio tanta lástima que me salió un suspiro.. y esa noche soñé que yo acariciaba al toro y le decía chicho chicho,.. pero en el sueño el toro seguía desmayado en mitad de la cancha y yo le daba la amnistía pero en sueños no vale.…Cuando venga la amnistía no habrá  más corridas de toros”.

Como Beatriz ( y su creador, el tristemente fallecido M. Benedetti), nosotros  esperamos ansiosos el día en el que la tortura a un animal, en este caso un toro, deje de ser un espectáculo legalizado y subvencionado. “No hay más ciego que el que no quiere ver”, pero aquí estamos los que caminamos  por la vida con los ojos y el corazón,  bien abiertos.


Yolanda Plaza Ruiz 

martes, 2 de marzo de 2010

TESTIMONIO DE UN TRABAJADOR EN UNA PERRERA‏

Este testimonio es de un trabajador de la Helen Woodward Animal Center y fue traducido al castellano por Pilar Mora, Voluntaria activa de Gente por la Defensa Animal

Soy empleado del Control Animal en un pequeño pueblo en el centro de Carolina del Norte, Estados Unidos. Tengo 35 años y he estado trabajando para el municipio en diferentes puestos desde la preparatoria.
No hay mucho trabajo aquí, y trabajar para el condado significa tener buen sueldo y prestaciones para una persona como yo que no cuenta con estudios superiores. Soy esa persona de la que todos ustedes escriben cosas horribles.
Yo soy quien mata a los perros y los gatos y los hace sufrir. Yo soy quien saca sus cuerpos sin vida oliendo a monóxido de carbono y los avienta dentro de las bolsas negras de plástico. Pero también soy aquél que odia su trabajo y odia lo que tiene que hacer.
Todos ustedes que me juzgan, no lo hagan. Dios me está juzgando y sé que me iré al infierno. No voy a mentir, es infame, cruel y me siento como un asesino serial. Pero no soy del todo culpable; si la ley obligara la esterilización de los animales, muchos de estos perros y gatos no estarían aquí para que yo los sacrifique. Soy el demonio, pero quiero que todos ustedes vean la otra cara del hombre de la cámara de gas.
Por lo general, el centro antirrábico realiza el sacrificio con cámara de gas los viernes por la mañana.



El viernes es el día que la mayoría ansía que llegue, pero para mí, este es el día que más odio y siempre quisiera que el tiempo se detuviera el jueves en la noche. Los jueves, muy entrada la noche, cuando no hay nadie, mi amigo y yo vamos a un restaurante de comida rápida y nos gastamos 50 dólares en hamburguesas, papas fritas y pollo. Tengo prohibido alimentar a los perros los jueves porque me dicen que se hace un chiquero en la cámara de gas, y sería un desperdicio de comida.
Así que, los jueves por la noche, con las luces aún apagadas, voy al cuarto más triste que jamás nadie pudiera imaginar, y dejo que todos los perros y gatos, condenados a morir, salgan de sus jaulas.


Mi amigo y yo abrimos la envoltura de cada hamburguesa y sandwich de pollo y alimentamos a estos perros hambrientos y flacos. Se tragan la comida tan rápido, que no creo siquiera sepan a lo que sabe. Mueven sus colas y algunos ni comen, se echan boca arriba para que les acaricie su pancita. Comienzan a correr, brincar y me besan a mí y a mi amigo. Van a comer un poco más de comida y regresan a donde estamos. Todos nos miran con tanta confianza y esperanza, y sus colas se menean tan rápido, que termino con moretones en mis piernas. Se devoran la comida; después, es tiempo de devorar un poco de paz y amor. Mi amigo y yo nos sentamos en el piso de concreto, sucio y manchado por los orines, dejamos que nos brinquen encima, se paran de manitas para jugar y también juegan entre ellos. Algunos se lamen unos a otros, pero la mayoría permanece pegada a mí y a mi amigo.
Miro a los ojos de cada perro. A cada uno le doy un nombre.
No morirán sin tener un nombre.


Le doy a cada perro 5 minutos de amor y cariño incondicional. Les hablo y les digo que lamento mucho que mañana agonizarán por largo tiempo, que morirán de una forma espantosa y tortuosa en mis manos dentro de la cámara de gas.
Algunos mueven sus cabecitas para tratar de entenderme.
Les digo que estarán en un mejor lugar, y les ruego que no me odien. Les digo que sé que me iré al infierno, pero estarán jugando con todos los perros y gatos en el cielo.
Después de cerca de 30 minutos, tomo cada uno de los perros y los meto en sus jaulas de concreto llenas de heces; los acaricio y rasco su barbilla. Algunos me dan la pata, y yo sólo quiero morir. Cierro la jaula de cada perro y les pido que me perdonen.
Dormirán con su pancita llena y con una falsa sensación de seguridad.
Son cerca de las 5 de la mañana ahora, faltan dos horas para tener que asfixiar a mis amigos en la cámara de gas. Voy a casa, me baño, tomo mis 4 píldoras contra la ansiedad y manejo de regreso hacia mi trabajo. No como, no puedo comer. Ha llegado el momento de meter estos animales en la cámara de gas. Me pongo mis tapones para los oídos, y cuando voy por los perros y los gatos, están tan emocionados de verme, que saltan sobre mí para besarme al pensar que jugarán conmigo. Los pongo
en la jaula móvil y los llevo a la cámara de gas. Ellos lo saben. Pueden oler la muerte, el miedo. Empiezan a gemir en cuanto los meto en la cámara de gas.

El jefe me pide que meta el mayor número posible de ellos para ahorrar el gas. Me observa. Sabe que lo odio, sabe que odio mi trabajo. Hago lo que me pide. Él mira cómo todos los perros y los gatos (amontonados todos) se pelean y gritan. El sonido se amortigua porque tengo puestos los tapones. Él se marcha, prendo el gas y me salgo lo más rápido que puedo.

 

Camino hacia el baño, tomo un alfiler y me pincho hasta sangrar ¿Por qué? Porque el dolor y la sangre despejan mi mente de lo que acabo de hacer.
En 40 minutos debo regresar y retirar los animales muertos. Rezo porque ninguno haya sobrevivido, lo cual sucede cuando meto demasiados animales en la cámara de gas. Los levanto con mis guantes y el olor del monóxido de carbono me enferma al igual que los vómitos, la sangre y los movimientos involuntarios de los cuerpos.
Los saco y los meto en bolsas de plástico.
Me digo a mí mismo: “Ellos están en el cielo ahora”. Después limpio toda la suciedad que USTEDES han propiciado al no esterilizar a sus animales. La suciedad que USTEDES han propiciado al no exigir que un veterinario venga y haga esto de una forma humanitaria.
USTEDES SON LOS CONTRIBUYENTES, ¡EXIJAN que esta práctica SE ACABE!

 

Así que no me llamen “el monstruo”, “el demonio” o el “verdugo”, llamen demonio a su GOBIERNO, a las personas responsables del mismo, a los responsables de que esto suceda. ¡Carajo! llamen al gobernador y ¡EXIJANLE QUE ACABE CON ESTO!
Como siempre, esta noche tomaré mis pastillas para dormir para poder ahogar los gritos que escuché en el pasado antes de descubrir los tapones para los oídos. Brincaré y me estremeceré en mis sueños creyendo que estoy alucinando.
Esta es mi vida, no me juzgues, créeme, ya me he juzgado lo suficiente.
Este testimonio es de la Helen Woodward Animal Center,y fue traducido al castellano por Pilar Mora, Voluntaria activa de Gente por la Defensa Animal.

NO OLVIDEMOS QUE ESTO ESTÁ PASANDO TAMBIÉN AQUÍ EN ESPAÑA





El perro promedio es mejor persona que la persona promedio.

Andy Rooney




Si recoges un perro hambriento de la calle y lo haces próspero, no te morderá;
esa es la principal diferencia entre un perro y un hombre.

Mark Twain

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