(…) En España está prohibido entrar con perros en casi todas partes bajo multas a veces enormes. Apelan a razones higiénicas, lo que en muchos casos mueve a risa. Que en algunos bares y restaurantes, roñosos y malolientes, rechacen a algún cliente por llevar un perro pacífico, aseado y educado, en aras de una higiene inexistente, resulta grotesco.

A los niños se les enseña desde pequeños a tener miedo de los perros. Y a los perros se les utiliza para pastores, para cazadores, para carreras o vigilancia y peleas, sin darles a cambio más que el mínimo alimento. Cuando el perro es un animal mágico, un lobo que en un momento dado de su evolución hizo un pacto genético con el hombre y a cambio de muy poco- algo de comer, compañía y afecto- le dedica la vida entera. Pero para el perro, el afecto y la compañía son tan importantes o más que la comida. Por eso choca tanto el desprecio de la sociedad española al simple perro mascota o de compañía, perros en general, educados y apacibles. Y la oportunidad perdida: el gran afecto y respeto que los franceses sienten hacia los perros les ha llevado a ser hoy día uno de los primeros fabricantes de alimentos y artefactos para perros.
El estigma es por supuesto que los perros cagan en la calles y ensucian las ciudades. Es cierto, como no, que el dueño del perro que va por la calle tiene la obligación cívica si paliativos, de recoger la caca del perro, tanto si es un bichón como si es un dóberman.
Es una obligación ineludible como la vacuna anual o el chip de identificación. Achacar la suciedad de las ciudades exclusivamente a los perros es mear fuera del tiesto.































