martes, 15 de diciembre de 2009

Epitafio en sepultura de un perro siglo V antes de Cristo

El epitafio que voy a compartir con vosotros lo leí de la antigua revista de Purina “Amigos” del año 1996.
Os paso los datos:


Se encontró en unas excavaciones en las cercanías de Atenas a finales del siglo V antes de Cristo. Servía de epitafio para la tumba de un perro , en donde se traduce el dolor viril, por la muerte de un querido compañero, hecho por un personaje desconocido



"Tú , que por el sendero pasas, 

si los dioses te hicieron ver esta sepultura,

por favor, no te rías, te lo ruego, 

aunque la tumba sea de un pobre perro.

Sabe que derramadas lágrimas por mí fueron, 

y que la tierra, que por mí echaron 

fue apilada por las manos de quien mucho me quiso, 

y que en el mármol hizo labrar estas palabras, 

en perenne recuerdo".






En  un artículo de “El País” del año 1993, de Elena F.L. Ochoa  titulado: “Terapia Zoológica” ,  menciona lo siguiente: 



“Uno de los más antiguos indicadores arqueológicos de la existencia del estrecho vínculo entre el hombre y el perro fue descubierto por Simon Davis, de la Universidad Hebrea, cuando excavó un esqueleto humano, con más de 12.000 años , en una tumba en el norte de Israel. Entre las manos del esqueleto se encontraban los restos abrazados de un cachorro, y su disposición hacía pensar en un vínculo afectivo más que dietético”. 

Esto demuestra que el afecto hacia los animales y en especial hacia un querido perro, no es algo moderno ni reciente. Siempre ha habido personas con la suficiente sensibilidad y empatía a las que les ha unido un  verdadero amor por su amigo fiel.





En el blog Pintura y Poesía


he encontrado este preciosos poema a la muerte de un perro: 



John Weiss

Mi perro


Allí sollocé sobre el mundo
y sobre la tierra cayó un vacío velador,
de ausencia, de lágrima derribada.

Mi perro murió en medio de la vida,
como una larga espada tendida,
nube cargada de recuerdos luminosos.

Y le vi llorar en el último momento.

Una gota de agua pura de sus ojos
reflejó una infinita pesadumbre,
oscura, cerrada, silenciosa.

Mi grito resonó perdido en el vacío,
desolador, hueco, de mi carne,
y besé sólo su recuerdo desesperado,
su lívida luz que me acogía.

Todavía quiero,
con mi mano tendida,
sentir tu calor y tu risa universal,
mirar esos inmensos ojos negros,
purísimos y nobles,
donde la soledad no existe
y la tristeza es compañía.

Mi perro guardaba palabras
en el corazón – aún sin edad para
pronunciarlas - ,
y las nombraba una a una
en música cargada de esperanza,
de promesas, ondas puras
en un vaivén de mar,
y también de pena convulsa,
desolada, preñada de sombras,
cuando sentía un abandono.

Era un perro, solo un perro era,
me decían…

Y bajó el misterio oscuro
de la muerte en su mirada.

Allí sollocé sobre el mundo
y sobre la tierra cayó un gran silencio.


Teo Basterra






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