jueves, 19 de noviembre de 2009

LAZARILLO


Artículo de Antonio Gala , febrero 1996
Copiado de un artículo de “La casa sosegada” de Antonio Gala en “El País”



La mañana amaneció inmóvil y húmeda. A mediodía el sol despejó el cielo con una abrumadora monarquía. Las nubes se retiraron por los cuatro horizontes, y la luz de oro consteló de diamantes todo el paisaje, ahora alfombrado en verde por las hojas trifoliadas de las rabiosamente amarillas vinagreras. Los naranjos exhiben en los bancales su lujosa mercancía y, agrupados como rebaños, los almendros en flor ofrecen a la vista y al olfato su delicadeza blanca o rosa. Sobre la osamenta de los caquis juegan unas abubillas, y revolotean con alas parpadeantes… Podría decirse que, tras las lluvias, la primavera ya ha desembarcado: tan vistosa y alegre está la tierra.

Sin embargo, de nada de esto se hace cargo Zegrí: ya se ha quedado ciego. Al llegar al campo y tratar de bajarse del coche, noté un temor en él y un balbuceo. Los otros se tiraron casi en marcha; él vacilaba como ante un abismo. Ahora vaga por las habitaciones, a medias recordadas, dándose con los muebles o descendiendo con precaución las escaleras. Sus ojos, más nublados que nunca, se alzan en una secreta y desconocida imploración. Su ceguera, que ha sido progresiva, no debe de espantarle ni sorprenderle casi. Las sombras, como una prolongada noche, han invadido su mundo, y él le echará la culpa al exterior, inexplicablemente tenebroso. La sordera también lo aleja no obstante de este mundo, por el que deambula como los viejecillos que empiezan a comprender poquito a poco que molestan en donde quiera que los ponen. Zegrí se empeña en seguir a los otros perrillos; pero de repente los pierde y se amedrenta, retrocede paso a paso por el camino que lo trajo, no se atreve a proseguir sin luz y sin sonido….Hay que estar pendiente de él, que se queda encerrado en las habitaciones, dormido cerca de un radiador o detrás de un sofá. Sólo para comer es el primero. Igual que esos maduros a los que la vida ha ido privando de otros placeres menos materiales.
Algo antes de la una, y a veces a las doce y media, yergue la cabeza, como cuando veía, preguntando por qué tardan en convocarlos desde la cocina, puesto que es hora ya y el reloj de su estómago no lo ha engañado nunca.


Zegrí y Zahira van a hacer quince años. Nacieron el mismo día y a la misma hora en que unos catetos daban su alpargatazo en el Congreso de los Diputados. Zahira, más menuda y nerviosa, más distante y más independiente, apenas ha cambiado. Sólo en el blanco hociquillo se le nota la edad y en una perenne tos a la que ya está hecha. Duerme como un lirón y es friolera. Cuando van a acostarse, le pongo un abrigo de lana roja que ella se ocupa de quitarse, no sé cómo, a lo largo de la noche, y que aparece desdeñado en el suelo. Zegrí duerme mucho también. Ahora mismo lo veo dormir, lo veo sonar, y adivino su sueño: corre por las verdes praderas, a saltos para evitar las altas hierbas, entre las menudas margaritas de abril, al acecho de alguna agalla de ciprés que alguien le tire para emprender la búsqueda; joven y fuerte, con los melados ojos brillantes de estramonio y bordeados de negro como los de un antiguo egipcio, con los agudos ojos que me percibían antes de aparecer; con las orejas en tensión advirtiendo ecos, noticias, señas que no advertían los otros. Mueve las patas en el sueño y gime con dulzura, satisfecho de sí mismo y de cuanto lo rodea. Quizá la tragedia de la vejez consista en eso: no tanto en la indefensión y la deriva como en caer del lado del recuerdo en vez del lado de la esperanza-


Agradezco a la vida que la inteligencia de Zegrí no le permita hacer recuento de sus males. Si en este momento le gritara hasta despertarlo, levantaría los inútiles ojos para localizar con torpeza, en el aire hoy enemigo, desde dónde lo llaman y quién es quien lo llama; luego, trataría de orientarse en el cuarto oscuro en el que habita, y por fin se acercaría a mí a través del metro escaso que nos separa, aguardando mi caricia sobre su cabeza. “Ya he llegado”, se diría apoyando las manos sobre mis rodillas en una muda súplica que yo comprendería. Lo elevaría hasta mí, lo adujaría en mis muslos, y continuaría escribiendo esta página después de escuchar el pequeño suspiro de felicidad con que remata sus costosas y duras excursiones.

Zegrí me ha acompañado, más cerca que ningún ser humano, durante quince años, es decir, por más tiempo que ningún amante. Lo miro mientras él se ve joven en sueños, y también lo veo joven: cuando prestó su nombre al perro casi protagonista de mi obra Samarkanda; cuando era aficionado al juego de pelota y corría, infatigable y agilísimo, por la Dehesa de la Villa; cuando engendró a Zagal, el guapo, que le robó después la primacía; cuando enamoraba a quienes , por amor, se acercaron a casa, y la muerte o el olvido nos fue, a él y a mí, arrebatando. En este instante se despierta y ladra sin saber por qué. Es porque siente ladrar a su hijo y se solidariza igual que yo con él. Ha sido un fiel amigo, comprensivo, tragón y muy paciente; le quiero asegurar, para tranquilizarlo, que me tendrá, hasta el fin, de lazarillo. Si los ciegos son conducidos por sus perros, ¿qué de extraño tendrá que un perro ciego sea conducido por su amo? Ha llegado – antes o después siempre llega- mi hora de pagar.

http://server3.foros.net/viewtopic.php?t=368&mforum=NacidosLibres






2 comentarios:

  1. LOS PERROS SON PERSONAS Y VOSOTROS ME HABEIS ENSEÑADO ESO (EN ALGUNAS FOTOS)YO SOY CIEGO Y TENGO UN PERRO.LE QUIERO Y SE NOTA.OS MERECEIS UNA COPA O UN TROFEO O MAS TENDRIAIS QUE PEDIR UN DIA PARA LOS PERROS PARA QUE LOS RECONOCCAN UN POCO MAS Y NO AGAN SALVAJADAS.
    PAMOSA.

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  2. Anónimo, muchas personas en este país estamos luchando para que los animales no sean tratados como objetos, así como para que los que les maltratan, torturan y asesinan tengan su debido castigo por parte de la justicia, algo que por ahora no ocurre.
    Gracias por su comentario.

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