miércoles, 18 de noviembre de 2009

FISIOTERAPEUTA




Escrito por A. Gala, de “La casa sosegada” (Agosto 1996)

Ahora no sólo hago, para Zegrí , de lazarillo sino de fisioterapeuta. Él no lo sabe, pero lo acepta a regañadientes, aunque preferiría que lo dejase morir en paz. Sucedió muy deprisa y, sin embargo, duró un siglo. Yo regresaba de cenar con unos amigos. Salieron todos los perros a recibirme en el compás de la entrada. El último en aparecer – lo vi de refilón mientras correspondía a los otros- fue Zegrí. Lo condujeron sus percepciones extrasensoriales, ahora que no ve ni oye ni huele. Salió – debió de salir- chocando con puertas y con muebles, presintiendo escalones o cayendo por ellos, y se quedó arrimado, sin ladrar (cuánto se oye el silencio doliente de los perros), debajo de una siflera, junto al hibisco cuyo color de calabaza encendido yo prefiero. Después de atender mejor o peor las jubilosas exigencias de los sanos, mientras me sacudía los pantalones, me acerqué a rozarle la cabeza a Zegrí. Él se asustó como suele, hasta que reconoció mi mano….Y allí fue Troya entonces.

Como un león y un rayo se abalanzó Zagal, mi predilecto, sobre su padre. En las sombras sólo se divisaba un cuerpo, y sólo se escuchaban los aullidos, monótonos y agudos, de Zegrí. Nos apresuramos a separarlos, empresa que sabemos vana y costosa. Alguien sostenía, en el aire, por el cuello, a Zagal, que arrastró entre sus dientes al viejecillo. Yo pensé que como en otras peleas (atentados, mejor: a estas alturas peleas ya no son), le había mordido el rabo. No; era una pata, la derecha. Boca arriba chillaba el ciego, con una infinita congoja. Pegué con el bastón a Zagal en el hocico. (…)
Por fin, el amigo que sujetaba a Zagal lo desenganchó, y yo tomé en brazos a Zegrí. Su corazón latía enloquecido. Sangraba por una oreja, por el morro; tenía la pata desgarrada…..Esa noche no dormí. Si caía en una duermevela, me despertaba el ulular del perro ciego bajo la ferocidad, también ciega de su hijo.

Después de una semana de llevarlo en brazos, cortada la infección, Zegrí anda a tres patas. Necesita, más que nunca, el ejercicio de uno de los sentidos que el quedan: ser acariciado, sentirme, contactarme en su estricta aceptación. Pero no me puedo exceder: veo cerca los ojos celosos de Zagal, tan propenso a disputas de amor. Y bajo ellos, veo la tristeza húmeda y el deterioro y la decrepitud de Zegrí: el pis que se hace donde le coge, agachado como una niña porque no tiene fuerzas para levantar la pata; la irritación que provoca en su coetánea Zahira, quizá porque es su espejo, que le enseña los dientes si se le acerca; el balanceo de barquilla perdida, “entre las olas sola”, con que esquiva los obstáculos tras golpearse en ellos con un gesto de cachorrillo que no ve aún y busca tanteando, con el hocico, la teta de la madre.

Y tampoco puedo mimarlo ahora porque es preciso que vuelva a usar su pata herida, que confíe, que la asiente. Le muevo la articulación; le doy masajes; le obligo a subir y bajar escaleras, a pesar de que no da pie con bola. Las baja a veces casi rodando, pero cae en mis manos. Y subir es peor: lucha, se desanima, resbala, se rehace, sigue si yo lo espero lo espero arriba…..No sé si comprende esta rehabilitación. Le ha dado por hablar solo: emite sonidos- todos lastimeros, todos breves y ensimismados- igual que si llorase. No me extraña que llore: entre todos le estamos dando un fin de vida horrible. Por fortuna, como su sordera se interpone entre él y el mundo, duerme mucho; no obstante, eso lo aísla aún más y lo condena a ser “el otro” entre nosotros. Y además se pierde con frecuencia, o se queda encerrado en una habitación y se le encuentra al fin debajo de una silla o de una mesa baja: estuporoso como un anciano que se está yendo sin saber a dónde , o lamiéndose la llaga de la pata con una desolada insistencia. Yo, con signos que él entiende, lo traigo aquí, y empezamos de nuevo a subir y bajar malditas escaleras.

El otro día un muchacho, escritor incipiente, supongo que por cumplir, me dijo: “A mí me gustan también los perros. Los cachorros más que nada”. Pensé que no le gustaban ni los cachorros: el amor no usa esos caminos. El cachorro exhibe una gracia tan grande de gestos, de reacciones, de posturas, de expresividad, que a todo el mundo atrae. Pero el amor anda hasta el final oscuro su sendero: cuando de aquel cachorro regordete y simpático quedan sólo una pelambre rala, unos ojos velados, una incomprensible lejanía, un arrinconamiento acobardado, una incomunicación. Cuando lo único que te une a él es comprobar a diario que te ha dado su vida. Su larga vida entera. Absolutamente toda.


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