martes, 24 de noviembre de 2009

De la violencia en el entorno familiar


En casa, o reinaba el silencio, o tenía la palabra mi padre. Pero el Viejo hablaba casi exclusivamente cuando venía borracho, o sea casi todas las noches, y entonces más bien gritaba. Los tres le teníamos miedo: mamá, mi hermanita Mirta y yo. Ahora tengo trece años y medio, y aprendí muchas cosas, entre otras que los tipos que gritan y castigan e insultan, son en el fondo unos pobres diablos…. el Viejo…. se emborrachaba desde hace mucho más, y no bien agarró ese vicio nos empezó a pegar a los tres. A Mirta y a mí nos daba con el cinto, duele bastante, pero a mamá le pegaba con el puño cerrado. Porque sí nomás, sin mayor motivo: porque la sopa estaba demasiado caliente, o porque estaba demasiado fría, o porque no lo había esperado despierta hasta las tres de la madrugada, o porque tenía los ojos hinchados de tanto llorar”. Estas frases forman parte del relato de Mario Benedetti: “Requiem con tostadas”, en la que narra la triste historia de una familia dominada por el miedo, el miedo a un padre violento y alcoholizado, que descarga sus frustraciones en los seres más próximos, su mujer e hijos. Este ambiente de violencia termina con el asesinato de la mujer a manos de su marido. Lamentablemente la historia narrada por Benedetti, refleja la experiencia aterradora que sufren millones de mujeres y niños, víctimas de la violencia perpetrada en el seno de la familia.



A menudo los individuos violentos suelen presentar un marcado sentimiento de inferioridad y baja autoestima. Esto les conduce a exteriorizar sus frustraciones personales en los miembros más indefensos de su entorno más próximo, con menos capacidad de defensa física. De esta violencia cobarde no se escapa cualquier criatura que consideren de su “propiedad”, incluidos los animales domésticos.


A diferencia de “Réquiem con tostadas”, donde la víctima asesinada es la esposa, en “Tiempo salvaje”, es otro de los miembros indefensos que conviven en el entorno doméstico:

“El doctor Mojarro (se las daba de médico, aunque era veterinario, pero no ejercía, salvo cuando su perro Bob se resfriaba) era mujeriego sólo postal”. Mojarro es abandonado por su mujer de manera imprevista. Ella se encuentra fuera de su alcance al conocer la noticia:“…cuando recibió aquellas cartas por correo urgente, Mojarro se fue a su casa más temprano que de costumbre, abrió su cofre fuerte doméstico, extrajo de allí el revólver que nunca había empuñado, llamó a su perro Bob, que acudió presuroso moviendo la cola, y ahí nomás le encajó dos tiros en la pobre cabeza. "

Uno de los elementos comunes en estos dos relatos es que el protagonista descarga su miseria personal en un ser al que considera de su “propiedad”, una criatura con menor capacidad física de defensa. Estudios sobre este tipo de comportamientos violentos revelan que: « La violencia hacia los animales podría tener un valor predictivo de violencia hacia humanos. Un niño que crece rodeado de agresión contra cualquier ser vivo tiene más probabilidad de violar, abusar o matar a humanos cuando sea adulto” (Niños que maltratan Animales escrito por Gena Icazbalceta). Cuando un niño crece en un entorno social y familiar donde la crueldad hacia otro miembro de la familia, ya sea la madre, un hermano o un animal doméstico quedan impunes, son aceptados como algo “normal”, tiene más probabilidad de ser en el futuro un compañero maltratador de su pareja, hijos o animales.


El 25 de noviembre se celebra el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Cuando en nuestra sociedad el maltrato hacia los animales no humanos no está contemplado como un delito, cuando crecemos con la idea de que otro ser con la misma capacidad de sentir dolor y alegría similares a los nuestros, puede ser de nuestra “propiedad”, abusando de nuestra superioridad física, ejerciendo tiranía y crueldad, sin recibir condena, no podemos asombrarnos cuando esta misma violencia, esta misma actitud de prepotencia hacia un ser más débil, se descargue contra mujeres o niños. De la agresión hacia los animales a la violencia contra otro ser semejante, sólo hay un paso.

Yolanda Plaza Ruiz


sábado, 21 de noviembre de 2009

Los hurones de “Jesulín” o los medios no justifican el fin







En el mensaje de Julio Ortega Fraile publicado en el blog “Maltrato Animal , un Crimen legal “ con el título: “Por divididos, vencidos”, expone:“la crítica es necesaria y muy saludable….. O nos dejamos de protagonismos y de vanidades absurdas, empezando a unir manos y voces sin importar siglas ni banderas, o los animales seguirán sufriendo las consecuencias de su maltrato y de nuestra incompetencia egoísta”. Evidentemente, en cualquier colectivo, incluso a nivel personal, la crítica constructiva como el autoexamen, es fundamental y positivo, si es que realmente queremos evolucionar.

No estoy en contra de que se denuncie a este famoso torero por practicar una actividad ilegal en su deporte criminal, en su particular manera de matar el tiempo matando víctimas inocentes, de “matar y matar más para seguir matando”. Pero debido a lo cotidiano del rastro sangriento de animales no humanos sometidos a la crueldad consentida en este país, con escasas actuaciones legales para denunciar a los protagonistas de estos actos, ya sean en festejos populares, en cacerías , en diversiones de “quintos” que asesinan cabras, gallinas, burras; mutilaciones, ahorcamientos y un largo etcétera macabro, no puedo menos que sentirme confusa al ver la difusión de este triste caso, donde el protagonista es un matador profesional, del que se desconocen otras cualidades más positivas, menos dañinas y miserables. Este pobre hombre rico, no sabe hacer otra cosa que no sea quitar la vida a un ser indefenso, es de dominio público. Los que defendemos altruistamente a los animales no buscamos publicidad aprovechando la notoriedad de un individuo, no queremos protagonismos absurdos, no denunciamos los medios para asesinar, como en este caso la caza con hurones, reclamamos justicia para las víctimas anónimas, sin culpa, sean o no asesinadas por un individuo llamado “Jesulín”, Pepito o Manolito, indiferentemente al método utilizado para tal hazaña.

No gastemos nuestras fuerzas y energías en detalles frívolos, triviales. Enfoquemos nuestro trabajo en dar pasos firmes, coherentes. “O nos dejamos de protagonismos y de vanidades absurdas,… , o los animales seguirán sufriendo las consecuencias de su maltrato y de nuestra incompetencia egoísta”. No buscamos la unión a nuestras “trincheras” de un colectivo de individuos asiduos a programas basura, sin pensamiento crítico ante la realidad, pobres mentales de solemnidad, intrascendentes, superficiales, chabacanos, con inanición cultural y moral. Queremos hacer reflexionar a los que sin estar de acuerdo con el maltrato a los animales, aun no han tomado posición, no colaboran codo a codo con nosotros para conseguir que el asesinato de las criaturas no humanas no quede sin castigo.
Mario Benedetti escribe en “Ese gran simulacro”
Cada vez que nos dan clases de amnesia
como si nunca hubieran existido
los combustibles ojos del alma
o los labios de la pena huérfana
cada vez que nos dan clases de amnesia
y nos conminan a borrar
la ebriedad del sufrimiento
me convenzo de que mi región
no es la farándula de otros.
Y una vez más expresa:
"Después de todo, te enseñaron que el fin justifica los medios, pero vos ya no te acordás mucho de cuál es el fin. Tu especialidad siempre fueron los medios, y éstos deben ser contundentes, implacables, eficaces."

Yolanda Plaza Ruiz

jueves, 19 de noviembre de 2009

La Iglesia Católica y los animales


Os paso esta información que me ha llegado sobre la Iglesia Católica y su relación con los animales no humanos. Quiero recalcar que yo no soy católica, soy agnóstica. Los que decimos defender a las criaturas más desprotegidas, hacemos bien en apartar nuestras creencias religiosas puramente humanas y enfocar nuestra lucha contra cualquier organización, religión o partido político que maltrate o justifique la tortura de los animales. En este caso se habla sobre la Iglesia Católica pero, evidentemente podríamos aplicar este mismo criterio a muchas de las doctrinas religiosas mayoritarias en nuestra sociedad.


Para los que vivimos en España, no se nos puede olvidar que anualmente miles de animales mueren en la celebración de festejos populares de origen religioso. En honor a una “Virgen”, un “Santo”, etc. son torturados, humillados y sacrificados infinidad de víctimas no humanas, que han tenido la desgracia de vivir en un país en el que los devotos de la religión con más influencia en nuestra comunidad, disfrutan con la visión del padecimiento de una criatura indefensa.

San Humberto, cazador y obispo, patrono de los cazadores
San Humberto, cazador y obispo, patrono de los cazadores

Iglesia Católica y los animales
Una relación tensa y dicotómica rige la relación de la Iglesia Católica con los animales. Mientras en la antigüedad los animales ni siquiera eran poseedores de alma, actualmente Benedicto XVI condena su uso y maltrato innecesario. Sin embargo, y más allá de todo lo que aguanta el papel ¿hasta dónde respeta la Iglesia Católica a los (derechos) animales?

El papa Juan Pablo II se consideraba una persona sensible con el sufrimiento de los animales, y declaró que los animales son poseedores de un alma (cosa que antes la misma iglesia les negaba) y proclamó que "los hombres debemos amar y sentirnos solidarios con nuestros hermanos menores". Él llegó a decir que todos los animales son "fruto de la acción creativa del Espíritu Santo y merecen respeto" y que ellos están "tan cerca de Dios como lo están los hombres" porque los une la creación del "soplo divino" de Dios. Sin embargo, este amor está siempre mediado por el hombre, al que los animales deben satisfacer por estar en "la cima" de la comunión con Dios.



Sin ir más lejos, Benedicto XVI y el Catecismo cristiano clasifican la protección de los animales como un deber del séptimo mandamiento ("no robarás"), incluido en la "protección de las personas y de sus bienes". Dice textualmente:
"Los animales, como las plantas y los seres inanimados, están naturalmente destinados al bien común de la humanidad pasada, presente y futura (cf Gn 1, 28-31). El uso de los recursos minerales, vegetales y animales del universo no puede ser separado del respeto a las exigencias morales. El dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto; está regulado por el cuidado de la calidad de la vida del prójimo incluyendo la de las generaciones venideras; exige un respeto religioso de la integridad de la creación (cf CA 37-38). 2416 Los animales son criaturas de Dios, que los rodea de su solicitud providencial (cf Mt 6, 16). Por su simple existencia, lo bendicen y le dan gloria (cf Dn 3, 57-58). También los hombres les deben aprecio. Recuérdese con qué delicadeza trataban a los animales san Francisco de Asís o san Felipe Neri."


Esta manga ancha de la iglesia es benevolente con el ser humano pues:
"es legítimo servirse de los animales para el alimento y la confección de vestidos. Se los puede domesticar para que ayuden al hombre en sus trabajos y en sus ocios. Los experimentos médicos y científicos en animales, si se mantienen en límites razonables, son prácticas moralmente aceptables, pues contribuyen a cuidar o salvar vidas humanas."

Para la iglesia entonces, la vivisección es una práctica moralmente aceptable, así como las infames condiciones en que viven y mueren los animales en las granjas industriales, las granjas de pieles, los circos, zoológicos, etc. No es extraño, en este contexto, que el párrafo 2418 del catecismo sea una estrafalaria conminación ética, letra muerta que hipócritamente da vuelta la cara a los más horribles sufrimientos de los animales:
"2418 Es contrario a la dignidad humana hacer sufrir inútilmente a los animales y sacrificar sin necesidad sus vidas."

¿Cómo explica entonces la Iglesia, desde este precepto del catecismo, todas las atrocidades que viven los animales, en todas las industrias que los explotan? ¿Cómo explican los rodeos, las corridas de toros, la experimentación cosmética y de la industria bélica, las granjas de pieles, los circos, peleas de perros, gallos y osos, etc.? ¿No constituyen pecado estas abominables prácticas?

Quizás sí insisto, en el papel. Porque si no es inexplicable que Benedicto XVI use capas y sombreros de piel, que las plazas de toros tengan capillas para que los toreros recen a la virgen antes de la corrida, e incluso, que la iglesia misma organice generosas corridas de toros en beneficencia de pobres feligreses caídos en desgracia.

Frente a toda esta incoherencia, la Liga Antivivisección italiana ha exhortado al Papa a "hacer una elección de alto valor religioso y ético, renunciando a sus prendas de piel ahora y en el futuro." Por esto mismo también, el Partido Antitaurino contra el Maltrato Animal (PACMA) ha exhortado al Papa a pronunciarse contra las "fiestas" que torturan toros. Pero del Vaticano no se ha recibido respuesta alguna. Será que les conviene la explotación animal, que les gusta comer cerdo o foie gras, vestirse de pieles, y acallar la bula papal de San Pío V, dictada en 1567, según la cual "quien muera en una corrida de toros será privado de sepultura en lugar sagrado, y que los que asistan a estos espectáculos serán excomulgados por la Iglesia".
Benedicto XVI
Será por eso que, incluso, la Iglesia ha dado a luz ¡curas toreros!:
"Federico María Pérez-Estudillo, canónigo de la catedral y capellán de la plaza de toros de Sevilla, asegura que ha dado pases y pinchazos a novillos y que su única frustración es no haber sido torero. Otro sacerdote, Ángel Rodríguez Tejedor, párroco de Titulcia (Madrid) apareció como tercer espada en el cartel de una becerrada que se dio en Colmenar de Oreja a beneficio del convento de las Agustinas Recoletas... Y dice torear sólo para ayudar al prójimo". ("Los cuernos del Diablo", Enrique Blanque-Bel, Libros Encasa, páginas 146 y 147)
Esta Iglesia totalitaria y obcecada de poder, borra con el codo lo que escribe con la mano. ¿Seguiremos permitiéndolo?

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LAZARILLO


Artículo de Antonio Gala , febrero 1996
Copiado de un artículo de “La casa sosegada” de Antonio Gala en “El País”



La mañana amaneció inmóvil y húmeda. A mediodía el sol despejó el cielo con una abrumadora monarquía. Las nubes se retiraron por los cuatro horizontes, y la luz de oro consteló de diamantes todo el paisaje, ahora alfombrado en verde por las hojas trifoliadas de las rabiosamente amarillas vinagreras. Los naranjos exhiben en los bancales su lujosa mercancía y, agrupados como rebaños, los almendros en flor ofrecen a la vista y al olfato su delicadeza blanca o rosa. Sobre la osamenta de los caquis juegan unas abubillas, y revolotean con alas parpadeantes… Podría decirse que, tras las lluvias, la primavera ya ha desembarcado: tan vistosa y alegre está la tierra.

Sin embargo, de nada de esto se hace cargo Zegrí: ya se ha quedado ciego. Al llegar al campo y tratar de bajarse del coche, noté un temor en él y un balbuceo. Los otros se tiraron casi en marcha; él vacilaba como ante un abismo. Ahora vaga por las habitaciones, a medias recordadas, dándose con los muebles o descendiendo con precaución las escaleras. Sus ojos, más nublados que nunca, se alzan en una secreta y desconocida imploración. Su ceguera, que ha sido progresiva, no debe de espantarle ni sorprenderle casi. Las sombras, como una prolongada noche, han invadido su mundo, y él le echará la culpa al exterior, inexplicablemente tenebroso. La sordera también lo aleja no obstante de este mundo, por el que deambula como los viejecillos que empiezan a comprender poquito a poco que molestan en donde quiera que los ponen. Zegrí se empeña en seguir a los otros perrillos; pero de repente los pierde y se amedrenta, retrocede paso a paso por el camino que lo trajo, no se atreve a proseguir sin luz y sin sonido….Hay que estar pendiente de él, que se queda encerrado en las habitaciones, dormido cerca de un radiador o detrás de un sofá. Sólo para comer es el primero. Igual que esos maduros a los que la vida ha ido privando de otros placeres menos materiales.
Algo antes de la una, y a veces a las doce y media, yergue la cabeza, como cuando veía, preguntando por qué tardan en convocarlos desde la cocina, puesto que es hora ya y el reloj de su estómago no lo ha engañado nunca.


Zegrí y Zahira van a hacer quince años. Nacieron el mismo día y a la misma hora en que unos catetos daban su alpargatazo en el Congreso de los Diputados. Zahira, más menuda y nerviosa, más distante y más independiente, apenas ha cambiado. Sólo en el blanco hociquillo se le nota la edad y en una perenne tos a la que ya está hecha. Duerme como un lirón y es friolera. Cuando van a acostarse, le pongo un abrigo de lana roja que ella se ocupa de quitarse, no sé cómo, a lo largo de la noche, y que aparece desdeñado en el suelo. Zegrí duerme mucho también. Ahora mismo lo veo dormir, lo veo sonar, y adivino su sueño: corre por las verdes praderas, a saltos para evitar las altas hierbas, entre las menudas margaritas de abril, al acecho de alguna agalla de ciprés que alguien le tire para emprender la búsqueda; joven y fuerte, con los melados ojos brillantes de estramonio y bordeados de negro como los de un antiguo egipcio, con los agudos ojos que me percibían antes de aparecer; con las orejas en tensión advirtiendo ecos, noticias, señas que no advertían los otros. Mueve las patas en el sueño y gime con dulzura, satisfecho de sí mismo y de cuanto lo rodea. Quizá la tragedia de la vejez consista en eso: no tanto en la indefensión y la deriva como en caer del lado del recuerdo en vez del lado de la esperanza-


Agradezco a la vida que la inteligencia de Zegrí no le permita hacer recuento de sus males. Si en este momento le gritara hasta despertarlo, levantaría los inútiles ojos para localizar con torpeza, en el aire hoy enemigo, desde dónde lo llaman y quién es quien lo llama; luego, trataría de orientarse en el cuarto oscuro en el que habita, y por fin se acercaría a mí a través del metro escaso que nos separa, aguardando mi caricia sobre su cabeza. “Ya he llegado”, se diría apoyando las manos sobre mis rodillas en una muda súplica que yo comprendería. Lo elevaría hasta mí, lo adujaría en mis muslos, y continuaría escribiendo esta página después de escuchar el pequeño suspiro de felicidad con que remata sus costosas y duras excursiones.

Zegrí me ha acompañado, más cerca que ningún ser humano, durante quince años, es decir, por más tiempo que ningún amante. Lo miro mientras él se ve joven en sueños, y también lo veo joven: cuando prestó su nombre al perro casi protagonista de mi obra Samarkanda; cuando era aficionado al juego de pelota y corría, infatigable y agilísimo, por la Dehesa de la Villa; cuando engendró a Zagal, el guapo, que le robó después la primacía; cuando enamoraba a quienes , por amor, se acercaron a casa, y la muerte o el olvido nos fue, a él y a mí, arrebatando. En este instante se despierta y ladra sin saber por qué. Es porque siente ladrar a su hijo y se solidariza igual que yo con él. Ha sido un fiel amigo, comprensivo, tragón y muy paciente; le quiero asegurar, para tranquilizarlo, que me tendrá, hasta el fin, de lazarillo. Si los ciegos son conducidos por sus perros, ¿qué de extraño tendrá que un perro ciego sea conducido por su amo? Ha llegado – antes o después siempre llega- mi hora de pagar.

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miércoles, 18 de noviembre de 2009

FISIOTERAPEUTA




Escrito por A. Gala, de “La casa sosegada” (Agosto 1996)

Ahora no sólo hago, para Zegrí , de lazarillo sino de fisioterapeuta. Él no lo sabe, pero lo acepta a regañadientes, aunque preferiría que lo dejase morir en paz. Sucedió muy deprisa y, sin embargo, duró un siglo. Yo regresaba de cenar con unos amigos. Salieron todos los perros a recibirme en el compás de la entrada. El último en aparecer – lo vi de refilón mientras correspondía a los otros- fue Zegrí. Lo condujeron sus percepciones extrasensoriales, ahora que no ve ni oye ni huele. Salió – debió de salir- chocando con puertas y con muebles, presintiendo escalones o cayendo por ellos, y se quedó arrimado, sin ladrar (cuánto se oye el silencio doliente de los perros), debajo de una siflera, junto al hibisco cuyo color de calabaza encendido yo prefiero. Después de atender mejor o peor las jubilosas exigencias de los sanos, mientras me sacudía los pantalones, me acerqué a rozarle la cabeza a Zegrí. Él se asustó como suele, hasta que reconoció mi mano….Y allí fue Troya entonces.

Como un león y un rayo se abalanzó Zagal, mi predilecto, sobre su padre. En las sombras sólo se divisaba un cuerpo, y sólo se escuchaban los aullidos, monótonos y agudos, de Zegrí. Nos apresuramos a separarlos, empresa que sabemos vana y costosa. Alguien sostenía, en el aire, por el cuello, a Zagal, que arrastró entre sus dientes al viejecillo. Yo pensé que como en otras peleas (atentados, mejor: a estas alturas peleas ya no son), le había mordido el rabo. No; era una pata, la derecha. Boca arriba chillaba el ciego, con una infinita congoja. Pegué con el bastón a Zagal en el hocico. (…)
Por fin, el amigo que sujetaba a Zagal lo desenganchó, y yo tomé en brazos a Zegrí. Su corazón latía enloquecido. Sangraba por una oreja, por el morro; tenía la pata desgarrada…..Esa noche no dormí. Si caía en una duermevela, me despertaba el ulular del perro ciego bajo la ferocidad, también ciega de su hijo.

Después de una semana de llevarlo en brazos, cortada la infección, Zegrí anda a tres patas. Necesita, más que nunca, el ejercicio de uno de los sentidos que el quedan: ser acariciado, sentirme, contactarme en su estricta aceptación. Pero no me puedo exceder: veo cerca los ojos celosos de Zagal, tan propenso a disputas de amor. Y bajo ellos, veo la tristeza húmeda y el deterioro y la decrepitud de Zegrí: el pis que se hace donde le coge, agachado como una niña porque no tiene fuerzas para levantar la pata; la irritación que provoca en su coetánea Zahira, quizá porque es su espejo, que le enseña los dientes si se le acerca; el balanceo de barquilla perdida, “entre las olas sola”, con que esquiva los obstáculos tras golpearse en ellos con un gesto de cachorrillo que no ve aún y busca tanteando, con el hocico, la teta de la madre.

Y tampoco puedo mimarlo ahora porque es preciso que vuelva a usar su pata herida, que confíe, que la asiente. Le muevo la articulación; le doy masajes; le obligo a subir y bajar escaleras, a pesar de que no da pie con bola. Las baja a veces casi rodando, pero cae en mis manos. Y subir es peor: lucha, se desanima, resbala, se rehace, sigue si yo lo espero lo espero arriba…..No sé si comprende esta rehabilitación. Le ha dado por hablar solo: emite sonidos- todos lastimeros, todos breves y ensimismados- igual que si llorase. No me extraña que llore: entre todos le estamos dando un fin de vida horrible. Por fortuna, como su sordera se interpone entre él y el mundo, duerme mucho; no obstante, eso lo aísla aún más y lo condena a ser “el otro” entre nosotros. Y además se pierde con frecuencia, o se queda encerrado en una habitación y se le encuentra al fin debajo de una silla o de una mesa baja: estuporoso como un anciano que se está yendo sin saber a dónde , o lamiéndose la llaga de la pata con una desolada insistencia. Yo, con signos que él entiende, lo traigo aquí, y empezamos de nuevo a subir y bajar malditas escaleras.

El otro día un muchacho, escritor incipiente, supongo que por cumplir, me dijo: “A mí me gustan también los perros. Los cachorros más que nada”. Pensé que no le gustaban ni los cachorros: el amor no usa esos caminos. El cachorro exhibe una gracia tan grande de gestos, de reacciones, de posturas, de expresividad, que a todo el mundo atrae. Pero el amor anda hasta el final oscuro su sendero: cuando de aquel cachorro regordete y simpático quedan sólo una pelambre rala, unos ojos velados, una incomprensible lejanía, un arrinconamiento acobardado, una incomunicación. Cuando lo único que te une a él es comprobar a diario que te ha dado su vida. Su larga vida entera. Absolutamente toda.


lunes, 16 de noviembre de 2009

Por Divididos, Vencidos


Quisiera publicar aquí unas palabras que aparecen en el blog “Maltrato Animal: Un Crimen Legal” en las que el autor del blog plasma de una manera magistral (como siempre) el sentir de muchos de los que estamos luchando por la defensa de los animales.
Creo sinceramente que, a aparte de nuestra labor por concienciar a la sociedad en la necesidad y obligación de otorgar a estas criaturas unos derechos que nunca se les han debido de negar, otra batalla imprescindible y penosa es la de unificar esfuerzos, derribar muros, destruir barreras en nuestros propios bandos animalistas.
Muchos estamos conscientes de la necesaria unión del animalismo en el país en el que hemos tenido la fortuna o desgracia de nacer y vivir. Es sangrante, penoso, tener que luchar, en ocasiones, contra nosotros mismos, como de una guerra civil se tratase; donde hermanos, amigos, luchamos con diferentes “uniformes”, en distintas batallas, en diferentes bandos, por una misma causa: La defensa de los individuos no humanos.

Si los animales a los que decimos defender pudiesen expresar su opinión, de manera inequívoca reclamarían, con razón, una unión de sus “abogados defensores”. Tenemos un mismo fin, o al menos deberíamos tenerlo. Los impedimentos más sangrantes contra nuestra labor, los ponemos nosotros mismos, con nuestra exclusión, nuestro afán de protagonismo, nuestro planteamiento basado en diferencias de criterios, en lugar de fundamentar nuestro compromiso en un mismo fin, un mismo ideal, una misma ética.
Os dejo con las palabras de nuestro compañero Julio Ortega Fraile. Él mejor que yo, expresa de manera incuestionable y certera nuestra necesidad vital de unión, de erradicar las miserias humanas de nuestra causa animalista.


Por divididos, Vencidos

No todo van a ser parabienes y autosatisfacción en la lucha animalista, la crítica es necesaria y muy saludable. Por eso, merece la pena considerar dónde nos está llevando la falta de unión, el que seamos muchos, con un mismo objetivo y que sin embargo, nos encontremos cada uno en una trinchera, con su uniforme, con sus armas, y librando escaramuzas de guerrilla cuando podríamos ser ejército. O nos dejamos de protagonismos y de vanidades absurdas, empezando a unir manos y voces sin importar siglas ni banderas, o los animales seguirán sufriendo las consecuencias de su maltrato y de nuestra incompetencia egoísta.
Julio Ortega Fraile
Ver tema:
La necesaria unión del animalismo
de Julio Ortega Fraile


“Los hombres construimos demasiados muros y no suficientes puentes”.- Isaac Newton

Ver también:

La unidad que sirve

es la que nos une en la lucha


http://notesalves.blog.com.es/2009/11/16/unidad-que-sirve-es-que-nos-une-en-lucha-7385984/



domingo, 15 de noviembre de 2009

Una mujer admirable, un magnífico Blog


Blog Garrulus Sanguinarium

Dice un proverbio africano:

“Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador”.

Mi compañera y sin embargo Amiga Elena, “Spooky” para los que la conocemos, es una buena “historiadora” que lucha por defender a los que no tienen voz humana, a los que el “homo sapiens” no quiere reconocer su derecho a la existencia libre de opresión, libre de crueldad.

A lo largo de los años han existido personajes admirables, muchos de ellos del sexo femenino. Elena es una de estas figuras: humilde, coherente, inteligente. Su compromiso con los más débiles del Planeta Tierra está fuera de dudas y también, escaso de protagonismos estériles, de ahí su poca popularidad. Los grandes humanos siempre han sido así. Los engreídos forman parte del grupo de los estúpidos e ignorantes.

La creación del Blog: Garrulus Sanguinarium, es una muestra más de este compromiso anónimo, imparable de una gran mujer. Alguien verdaderamente admirable, un ejemplo para todos aquellos que luchamos por los derechos de los animales no humanos.

Gracias Spooky!!!

Datos del Nuevo Blog de Spooky:

“Hay mucho garrulo que piensa que matar es artístico, deportivo y de buen gusto. Aquí voy a exponer los pueblos donde más abundan, los personajes más destacados, así como sus costumbres ancestrales por las que son conocidos”.

No dejes de visitarlo:

http://garrulussanguinarium.blogspot.com/

Temas interesantes:

¿Cinema verité o snuff movies?

¿Artistas o asesinos?

Kama-chunga

Artistas taurinos

Cazador blanco, sangre azul

Archivald K. Gordon Higgins

José Tomás

Garrulus Sanguinarium

El cinismo de los taurinos

España: donde lo ilegal, es legal

De repente, el último verano

El sadismo y el sexo o por qué es tan difícil luchar contra la barbarie.

El verdugo y la víctima

Zapatero & family en Zapaterolandia

¡MATAR POR ENTRETENERSE! El Rey Juan Carlos de España recupara el Récord Nacional de Venado

Y mucho más……

“Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero.

Ata duro a este hombre: no le atarás el alma”.

Miguel Hernández


viernes, 13 de noviembre de 2009

"Oficina y denuncia" García Lorca


Vuelta a la ciudad

New York

Oficina y denuncia


A Fernando Vela


Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna.
Un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
Lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
Yo he venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros
en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, orinando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados
y distancias inasibles
en la patita de ese gato
quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
Óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas
por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer?, ¿ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera
y bocanadas de sangre?
San Ignacio de Loyola
asesinó un pequeño conejo
y todavía sus labios gimen
por las torres de las iglesias.
No, no, no, no; yo denuncio.
Yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido
por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.

Federico García Lorca

http://www.tinet.cat/~picl/libros/glorca/gl002600.htm

Ver también:

Mataderos

Y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
.”


http://server3.foros.net/viewtopic.php?t=309&mforum=NacidosLibres

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